La herida de la intimidad


Una vez más me siento en mi ordenador a escribir sobre "La Pareja". Sobre este proceso de emparejarse, de vivir de a dos, de compartir. Una tarea que nos lleva a encontrarnos con nuevas preguntas. Cuando el tema es de a dos la cosa cambia. Un proceso que nos lleva muchas veces a sentarnos frente a un terapeuta, cuando sentimos que ya no podemos más.
Uno de los proyectos más importantes de la vida de una persona es el compromiso que asume ante otra persona como pareja. Un compromiso que lleva en sí mismo un proyecto de a dos, un proyecto común que se puede resumir en experimentar una vida compartida.
Este proyecto se basa en la esperanza de "reciprocidad", en dar y recibir en un flujo continuo, en la suma constante de pequeños y grandes "Dares y recibires". Esta premisa, si está basada en que cada miembro de la pareja se encuentra nutrido interna y emocionalmente, con el sentido de la responsabilidad sobre sí mismo, sobre sus propios límites, sabiendo qué es lo que puede dar y recibir y qué es lo que honestamente necesita cuando pide, es una premisa que llega a cumplirse.
Pero...¿qué es lo que sucede en realidad? Vivimos en un momento en el que existe una plaga de "Hambre Emocional". Pedimos que nuestras carencias y vacíos los llene otra persona, la pareja. Sentimos que cuanto más damos más se nos pide. Por lo tanto, la pareja y el compromiso se convierten en un pozo sin fondo, una cárcel en la cual el acto de compartir se transforma en una exigencia moral. Existe la tendencia a pensar que todas las necesidades deben ser satisfechas dentro del vínculo de la pareja. En esta hipótesis, la pareja no tiene otro destino más que quebrarse o ser experimentada como una tremenda cárcel o tortura que en vez de hacernos crecer nos convierte en tiranos.
Aquí entra en escena una de las luchas más prolíficas en nuestros tiempos: la lucha de poder dentro de la pareja. El espacio de pareja se convierte en una lucha para obtener la satisfacción de las propias necesidades, haciendo prevalecer la propia necesidad ante la del otro. Es aquí donde ambos pierden. ¿Qué es un matrimonio o pareja conflictiva en el cual dos niños ya crecidos intentan convertir al otro en padre que les aporte algo más de lo que han tenido en realidad?.
La lucha de poder es la lucha por la supervivencia. No podemos vivir sin amor, sin una mirada que nos recuerde quienes somos. Estas angustias, aunque presentes, tienen su origen en situaciones antiguas de nuestra infancia. Pensar que la pareja es la que nos rescata de esta angustia es posicionarla en un sitio que no le corresponde; un sitio que por más que se esmere en ocupar, por más demostraciones que haga por habitarlo, nunca lo logrará. No es el otro quien nos quita nuestra angustia, quien sana nuestra herida amorosa. En todo caso puede acompañarnos en nuestro proceso de restaurar esa falta original de una mirada amorosa. Puede conocer el dolor y respetarlo como un compañero/a, no como padre o madre.
Al fijarnos en la idea de "escasez del amor" (¿cómo vamos a recibir "lo que hay", si estamos juzgándolo ? ¿Cómo vamos a dar amor?) esa carencia de amor que se siente externa es en realidad interna. Es una falta de amor con uno mismo. Dejarnos mirar con amor, reconocer la forma que el Otro tiene de amarnos, nos lleva a reconocer nuestra propia capacidad de amar.
Mientras la responsabilidad de la herida amorosa que cada integrante de la pareja tenga se vuelque fuera la pareja es un campo de la batalla por la supervivencia. La intimidad se convierte en una dictadura, y tiende a quebrarse por el peso que se le asigna. La intimidad, donde podemos crecer como personas, se ve vapuleada, violada.
Muchas veces no nos sentimos queridos porque no sabemos reconocer la forma de expresar el amor del Otro. Pedimos expresiones adolescentes y románticas del amor, con incondicionalidad. A veces un límite se traduce como abandono cuando en realidad no lo es. Por ejemplo, cuando uno dice: "hoy no puedo escucharte" se traduce como: "no me quiere, o no soy importante para él o ella. Me abandona". En realidad puede ser que no haya abandono. Simplemente se expresa un límite. La incondicionalidad es otro de los parámetros de cine romántico que solemos exigir. Las muestras y exigencias de incondicionalidad son peligrosas porque nos hacen quebrantar nuestros propios límites, y es a través de ellos que nos protegemos y cuidamos.Por ejemplo, un pedido de incondicionalidad y muestra de amor puede ser: "Mientras estoy enfadado y expresando mi rabia y violencia tienes que estar conmigo". La condición necesaria para estar en una pareja sana es siempre llegar a respetarnos en nuestra integridad. "La exigencia del amor perfecto no es capaz de extender generosidad al otro ni a uno mismo".
Restablecer un contacto íntimo con uno mismo, reconocer la herida interna de amor sin echar culpas fuera, posibilitará el paso de la lucha de poder al reconocimiento del Otro, de Nosotros y del Amor. Si vemos la herida real podemos sanarla. Si la obviamos, la evitamos. ¿Qué vamos a sanar?.

2 comentarios:

Graciela dijo...

Es un tema importante el de la "incondicionalidad" y la "reciprocidad" porque hay un punto en donde veo una fricción. A veces como excusa, para tapar desamor o falta de reciprocidad se escudan en la incondicionalidad... Creo que son conceptos que no están bien definidos en una relación de pareja...ni tampoco en la amistad..amar incondicionalmente se puede y debe ser así pero hasta que punto dar sin recibir? hay un límite?... ¿podrías hablarme mas sobre esto?
Gracias Yamila
Abrazo

Yamila Yaquino Ouviña dijo...

Hola Graciela,

Buen tema has propuesto! y tu pregunta "¿hay un límite?" es clave. Si hay un limite, y respetarlo es sano y nos cuida y protege.
Anoto tu propuesta para poder desarrollarla.
Muchas gracias por tu aporte.